HALIMA
Se lo han dicho de golpe, como se clava un cuchillo en la carne blanda y confiada, con las mismas palabras de sudario que siempre ha temido escuchar
-No puedes seguir aquí, nos hemos quedado sin trabajo -y le han dolido en lo más hondo igual que un parto.
Aún huele a desierto y sus ojos de arena y brisa siguen recordando el terror profundo del océano, las rocas afiladas de la costa. Volver a empezar resulta cada vez más difícil, pero recuerda a su gente:
-Halima no puede sucumbir –y no dice nada, sólo mira con tristeza de madrugada, hasta que se despide dando las gracias con palabras redondas; fuera, el sol de mediodía seca sus mejillas húmedas.